Vivir con VIH

alexis demeola

Mucha información existe sobre qué es el VIH, cómo se transmite y todo lo referente a su aspecto médico-clínico. Sin embargo, mucho de lo que hace al gran terror que siente la gente frente al virus y a la posibilidad de su exposición a él radica en las representaciones asociadas a él. Muy poco se comparte y se comunica sobre lo que implica vivir con el virus, sobre todo lo que habita más allá del momento en el que se escucha la frase “tu resultado es positivo”. Existe mucha vida después del diagnóstico, y puede ser muy buena si así vos lo querés.

Saber convivir con el virus quiere decir no dejar de disfrutar de aquello que la relación con los demás te puede ofrecer. En múltiples oportunidades habrás de escuchar que actualmente un diagnóstico por VIH ya no constituye una sentencia de muerte ni una incapacidad física. Los avances en los tratamientos y en la atención sanitaria han hecho de la infección por VIH una condición crónica a controlar, ni siquiera una enfermedad. Tener VIH no implica estar enfermo sino tener la predisposición para poder enfermar, ya que de lo que unx podría llegar a enfermar con el avance de la infección es de las enfermedades oportunistas y no del virus per sé. Unx puede tener VIH y nunca llegar a alcanzar la etapa SIDA.

Sin embargo, las personas no solo somos cuerpos aislados, nuestro ser incluye también nuestra integridad psicológica, emocional y social. Aspectos que el VIH también afecta indirectamente, hechos carne en forma del ESTIGMA y la DISCRIMINACIÓN. Si vivir con el virus implica estar enfermo de alguna forma es padecer lo que a la sociedad le significa el VIH.

Los cambios en la percepción social del VIH han sido menos significativos; éste es un proceso mucho más lento que el de los avances científicos. Lamentablemente, la mayor representación asociada al VIH continúa siendo la de miedo: a una posible muerte, al rechazo, al juicio ajeno, a lo desconocido, a la incertidumbre por sobre el futuro. Muchas son producto del terror, del desconocimiento, la ignorancia y la negación de lo que hace al virus y al estigma sobre lo que significa tenerlo. Si el VIH ya no es una enfermedad terminal (pudiendo incluso no transmitirlo) y sigue siendo un problema social, entonces la que está enferma es la sociedad.

El estigma asociado al VIH, y difundido en buena medida por los medios de comunicación desde el inicio de la epidemia, descansa sobre las desigualdades sociales y los estigmas previos ligados al género, la etnia, la sexualidad, la nacionalidad y, en general, a diversos comportamientos censurados en diferentes culturas. Así es que ha sido construido socialmente como una enfermedad moral, vinculada al consumo de drogas por vía intravenosa y a “comportamientos sexuales desviados” (homo y bisexuales, prostitución o promiscuidad).

Sin embargo, quienes vivimos con el virus no somos esclavxs pasivxs de estas relaciones de desigualdad y violencia que se sostienen mucho más allá del virus y que seguirán existiendo mucho después de que hayamos logrado eliminar el VIH de nuestros cuerpos. Cómo uno lleva el virus depende de muchas cosas, principalmente cómo y en dónde te encuentra. Descubrir que tenés VIH aprieta todos los botones, hace saltar todas las fichas y expone todo. Te enfrenta a vos mismo. Pero el virus no es ni malo ni bueno, no existe sino es porque hay un huésped que lo aloje, en su cuerpo y en su alma.

Te invita a dejar de flotar incesantemente y a preguntarte sobre tu pasado, tu presente y tu futuro. Te puede dar tanto motivos como para cerrarte sobre vos mismo y sufrir por la presión y el rechazo de la sociedad como para hacer algo al respecto: hacer cambios en tu vida, alimentar la fuerza para salir a buscar lo que querés o para cortar con situaciones a las cuales necesitás ponerles un punto; hacer de tu mundo algo mejor. Eso lo elegís vos.

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