#MiVIH Despedir a un Vertical

Bahía Blanca. Tras la noticia del fallecimiento de un adolescente que nació con VIH durante la semana pasada, un miembro de RAJAP decidió compartir cómo es haber nacido con VIH y la constante carga que hace que toda una generación de jóvenes y adolescentes de transmisión vertical se estén extinguiendo.

El fallecimiento de alguien que nació con VIH me atraviesa. Me veo ahí, puedo ser yo el que esté en una camilla internado por no hacer una buena adherencia. Cosa que no me ocurre, pero que podría (como sé que a varios pares les pasa).

¿Qué vivimos los jóvenes y adolescentes verticales? Es muy difícil de explicar, por eso la gente no entiende cómo pudiendo tomar una medicación que te tiene que ayudar, elegís no hacerlo. Un vertical puede pasar por una mala adherencia por varios factores: el no tener a tus padres vivos, ser el único de tu familia o de tus hermanos con VIH, haber pasado por hogares de tránsito, descubrir tu diagnóstico en tu pre-adolescencia, encontrarte con el mundo de la atención en adultos tras una vida en pediatría.

No somos lo primero en lo que alguien piensa cuando habla del VIH y, en cierto punto, sentís que sos el único que vive así. Tóxico y en silencio, porque para muchos decirlo es un impedimento. Y ese miedo y culpa van a su vez generando una auto-discriminación inconsciente en la que podes llegar a vivir una vida echándole la culpa a alguien por el simple hecho de haber tenido y nacido con un virus.

Eso te hace crecer con ira y ansiedad, rebelándote contra tus padres o tutores (o quien tengas). Con miedo: al rechazo, a la discriminación, a que nadie te quiera. Creyendo que el mundo (una pareja, un amigo) nunca te va a terminar de entender al 100% te vas encerrando en tu propio sufrimiento y suprimís tu tristeza para que no te vean mal. Y así te vas extinguiendo de a poco, en la cajita de cristal que tu familia te construyó para que nunca te pase nada, queriendo cada vez saber menos de tu vida y dejándote estar. Crecer con VIH es construirte a vos mismo en torno a eso.

Te vas encerrando en tu propio sufrimiento y vas progresivamente no queriendo saber más nada con la vida y dejándote estar.

Por eso, enterarse de la muerte de alguien no es algo para lo que estemos preparados, al menos yo no lo estoy. Creía que en cierto punto lo había superado o que ya era más fuerte para recibir este tipo de noticias que movilizan, pero fue un shock, un baldazo de agua fría, un golpe bajo. Quizás no estaba tan fuerte, quizás nunca pueda estarlo.

Mi duelo me demandó un tiempo para mí. No me quedó otra que hacerlo en soledad, por más abrazo y compañía que necesitara. La cuarentena me condiciono a no moverme, me obligó a transitar ese llorar solo. También decidí desconectarme de las redes sociales, la despedida de mis otros compañeros verticales (quienes más saben lo que se siente) me iba a afectar aún más, sabiendo encima que tampoco iba a poder acompañarlos en sus duelos.

Mil imágenes pasaron por mi mente: muerte, VIH, antirretrovirales, médicos y hospitales. Mi vida y la de mis amigos, la de ellos que necesitan esa ayuda. Recordé esas viejas vivencias, las experiencias de chico de ver a personas que no toman su medicación, ya sea por voluntad propia, porque las pastillas les generan muchos efectos adversos o porque no sienten la libertad y la confianza para expresar lo que estamos sufriendo.

Por más que hayas nacido con VIH como yo o no, por más que seas adolescente o no, la realidad es que nos estamos muriendo, nos están dejando morir. Terminamos siendo un número dentro del sistema de salud, una rata de laboratorio para un laboratorio. Eso me lastima, me duele y me enoja. Me debilita, por un lado, y me da fuerza, por el otro. Me hace querer salir a dar pelea. Porque no podemos seguir así, necesitamos que este mundo cambie. No quiero que más chicos sufran estas cosas o que se dejen morir porque no tienen el apoyo necesario.

Para los verticales, la muerte de un compañero, de un amigo, te remueve todo en tu interior, todo un pasado (que en cierto punto se repite) y un futuro que siempre podría ser. Y en ese dolor al que te expone continuamente la vida, la contención para nosotros es super necesaria. Porque te acostumbraron toda la vida a aislarte y la realidad es que no podés solo.

Son muchos años que nos condicionaron a ser lo que somos hoy, y cambiar toda esa estructura de pensamiento que nos inculcaron no va a ser fácil. Para sacarte esa mochila que fuiste acumulando durante toda una vida como verti necesitás poder encontrar ese espacio donde puedas ser vos mismo y hablar de lo que te pasa. Procesarlo es complicado, pero no tenés que crecer a los ponchazos como yo.

Me encantaría vivir una vida sin tomar medicamentos y sin ninguna vocecita que me recuerde todo el tiempo “tenés VIH”, por eso creo en que un mundo mejor para los que nacimos con VIH es posible.

Si naciste con VIH, ponerte en contacto con otras personas en tu misma situación te puede ayudar en formas que aún no conocés. Hoy puede ser el día que descubras que no estás solx, escribinos acá.

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